Episodio 565
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Novela
Hermana, en esta vida yo soy la reina.
Episodio 565: El gran abismo de un malentendido.
Quien puede esquivar al
oír un grito de advertencia, ya lo habría hecho por sí mismo antes de escuchar
nada.
Yulia Helena, a pesar de
las llamas que se abalanzaban sobre ella, se quedó inmóvil en el lugar como una
estatua de sal. Parecía un ciervo paralizado por la luz de un faro.
César se arrojó sobre ella
sin pensarlo dos veces. Algo suave llenó sus brazos abiertos: era el cuerpo de
una joven de complexión pequeña.
Sin embargo, no había
tiempo para apreciar sensación alguna. Un instante después, impactó contra el
suelo y una sacudida intensa recorrió todo su cuerpo empezando por los hombros.
Fue un dolor sordo horrendo.
— “¡Agh!”
Que fuera una playa de
arena y no un suelo de piedra no significaba que doliera menos. Rodó tres o
cuatro veces por la hermosa arena blanca abrazándola contra sí.
En el pasado, ya había
ocurrido algo similar.
Pero no tenía tiempo para
rememorarlo. Las llamas eran aún más rojas que su propio cabello.
El fuego, que se había
propagado a su cabello pelirrojo y a los bordes de sus elegantes prendas
presumiendo su furia, perdió fuerza a medida que él rodaba por el suelo.
La arena, tan blanca como
la nieve, bloqueó el aire sofocando las brasas. Sin embargo, no bastó con rodar
una sola vez para apagar todas las chispas.
Se levantó de golpe y
sacudió vigorosamente los dobladillos de su ropa. Apagó las pequeñas chispas
con las manos desnudas y también se sacudió el cabello. Cenizas muertas y arena
fina salieron volando.
Yulia Helena estaba
sentada en la playa, temblando descontroladamente. Envuelta en su manto de piel
de marta, la piel al descubierto de la hija del duque se limitaba a su rostro y
sus manos; sin embargo, las llamas comenzaban a devorar el dobladillo de su
manga izquierda.
César se sobresaltó y
pisoteó rápidamente la manga de la joven. Por suerte, no fue necesario
arrojarla al mar. El fuego prendido en la tela se apagó pronto con sus
pisotones.
— “Princesa Yulia, ¿se
encuentra bien?”
Mientras le hablaba, una
extraña sensación de déjà vu lo persiguió. Era diferente. Algo se sentía
incómodamente distinto.
Ayudó a levantarse a Yulia
Helena, quien temblaba sin poder responder. Aunque era un acto de ayuda
ordinario, algo andaba mal. César continuó buscando el origen de esa sensación
de desconcierto.
La princesa de Manchike se
puso de pie tambaleándose y se aferró a sus brazos. Apoyando todo su peso en César,
logró sostenerse con dificultad.
En la vida de la noble y
consentida heredera única, la amada hija única de sus padres y la dama de mayor
rango del país, este era el primer incidente traumático que experimentaba.
Alzó sus ojos, una mezcla
de castaño y verde, para encontrarse directamente con la mirada color agua de César.
Sobre su piel olivácea y su apariencia exótica, similar a la de un gato muy
costoso, se superpuso una expresión a punto de romper en llanto.
Y en cuanto Yulia Helena
sostuvo la mirada con César, rompió a llorar desconsoladamente.
— “¡Buaaah!
Yulia Helena se arrojó de
inmediato a los brazos de César. César quedó desconcertado en extremo. Sin
tiempo para reflexionar, el gran duque de 27 años comenzó a palmearle la
espalda mecánicamente a la joven de 16 años acurrucada en su pecho.
— “Shh, ya, ya, tranquila.”
— “¡Buaaaaa!”
La joven dama no se
calmaba con facilidad. César le acarició la espalda repetidamente con un gesto
torpe.
Tenía miedo de tocar
cualquier otra cosa, incluido el cabello castaño oscuro de la dama que caía
desordenado. Se quedó en esa incómoda posición durante un largo rato.
Al principio solo estaba
desconcertado. Consolar a una mujer era algo sumamente ajeno para él.
La forma de vida que César
había mantenido hasta ahora era cometer imprudencias y luego huir
despreocupadamente sin limpiar el desastre.
Jamás había consolado ni
siquiera a las mujeres a las que él mismo había hecho llorar, así que su
experiencia consolando a una mujer que lloraba por otra razón era prácticamente
nula.
Salvo por los casos en los
que deliberadamente aprovechaba el momento de debilidad de una mujer para
seducirla, era literalmente cero. Ahora que no tenía la menor intención de
encantar a la joven, esto era un trabajo sin precedentes.
— “Tranquila, no pasa
nada.”
Más que consolar a una
mujer, parecía que estuviera criando a una niña. Si tuviera un hermano mayor y
una sobrina, ella tendría una edad similar a la de esta joven.
Pensar en ello hizo que la
situación fuera un poco más llevadera. No era hacerse cargo de un accidente
causado por otro, sino la protección y cuidado de una jovencita en crecimiento.
— “Respira hondo... eso
es, muy bien. Lo estás haciendo bien.”
Incluso mientras la
consolaba, no tenía idea de si lo estaba haciendo bien. Dijera lo que dijera César,
Yulia Helena continuaba sollozando mientras su espalda convulsionaba.
Después de esperar un
largo rato, su llanto finalmente pareció amainar. Sin embargo, no sabía si se
debía a sus esfuerzos o si simplemente el tiempo había ayudado. Era
terriblemente incómodo.
Y entonces, en un
repentino instante, César parpadeó.
De sus ojos rodó una
lágrima.
Fue porque se dio cuenta
de lo que estaba mal.
Todo estaba mal.
Después de que él la
abrazó y rodó por el suelo, esta mujer debería haber salido corriendo de sus
brazos por su propia cuenta.
En lugar de que él la
reconfortara tras el susto, ella debería haber sido quien blandiera una daga
exigiendo ponerle una tablilla en el brazo roto.
Lejos de asustarse,
debería haberle arrebatado sus pertenencias con audacia y, aunque fuera ella
quien estuviera en peligro, tendría que haber velado primero por la seguridad
de él.
No, el comportamiento daba
igual.
No era ella.
Los ojos color agua de César
se llenaron por completo de lágrimas.
Porque no era ella, porque
resultaba imposible que fuera ella, no pudo evitar derramar lágrimas.
El corazón se le oprimió
al punto de sofocarlo. Todo estaba mal. Esta vida estaba arruinada.
En algún momento, mientras
sostenía a la dama que ya había dejado de llorar, César lloraba en silencio y a
solas.
Yulia Helena, acurrucada
en los brazos de César, alzó la cabeza de pronto y miró su rostro.
La playa,
deslumbrantemente blanca, reflejaba la luz de la primera hora de la tarde. El
intenso sol del sur estaba, por azar, justo detrás de la cabeza de César.
Estaba a contraluz. No
podía ver nada.
Por eso, Yulia Helena
escuchó los sonidos. Por encima del rumor de las olas y los graznidos de las
gaviotas, superpuesta a sus propios sollozos, una respiración entrecortada
acarició sus oídos.
Él también estaba
llorando.
De pronto, una gran
resonancia retumbó en el corazón de Yulia Helena. El gran duque de Pisano, que
parecía no tener interés en ella, César, quien había permanecido distante todo
el día...
— ‘Este hombre... como
estoy llorando... está llorando conmigo...’
Yulia Helena se
estremeció. Estaba conmovida. ¡Finalmente había logrado abrir una grieta en la
fría coraza de ese hombre!
— ‘En realidad era un
hombre cálido. Cuando había muchos espectadores era frío conmigo, ¡pero al
estar a solas es tan dulce!’
Comenzó a cavilar la razón
de ello.
— ‘¿Aún le preocupa la
mirada de su prometida anterior? Pero ¿por qué hasta ahora? Si es imposible que
tenga una relación con la amante de su padre...’
Era un abismo de
gigantescos malentendidos que resultaba imposible saber por dónde empezar a
corregir.
****
Rubina juraba por el Dios
Celestial que jamás soñó que la carpa se incendiaría.
Si hubiera sabido que el
nido de amor improvisado con todas sus fuerzas colapsaría en menos de treinta
minutos devorado por las llamas, Rubina habría ideado rápidamente otro método.
El amor maternal era importante, pero primero su hijo tenía que estar vivo para
poder ponerlo en el trono.
Sin embargo, ella creía
ciegamente que había preparado todo de forma segura en la isla. Sin piratas,
sin personas, con alojamiento y comida. Era prácticamente igual a una noche de
bodas.
— ‘¡Disfrútelo, princesa
Yulia! ¡Será el último día en que sonría en Etrusco!’
Por lo tanto, el plan
actual de Rubina era ganar tiempo.
El itinerario ideal que
tenía en mente era llegar tarde por la noche a Taranto, hacer tiempo fingiendo
ver a un médico u otra excusa, y dar la orden de preparar el barco alrededor de
la medianoche.
Sus cálculos indicaban que
buscar marineros al amanecer, cambiar las velas y armar alboroto llevaría unas
horas, y como la navegación duraba poco más de dos horas, sería perfecto ir a
recibir a los recién casados alrededor de las nueve de la mañana del día
siguiente.
La única variable que
había considerado era Irene. Si la vizcondesa Panamere llegaba demasiado pronto
a tierra firme y emprendía una operación de rescate para la hija del marquesado
de Manchike, la situación se complicaría.
Bueno, en ese caso bastaba
con retener a Irene a bordo durante mucho tiempo. Rubina ordenó a propósito que
el barco navegara despacio.
En respuesta, la
vizcondesa Panamere, Irene, intentó apoderarse de un bote salvavidas para
hacerse a la mar a solas, pero los marineros de cubierta la detuvieron y
terminó encerrada en un camarote. Eso también resultaba molesto.
— ‘¡Uf, qué molestia si se
arma un escándalo al volver!’
De hecho, a Rubina también
le asustaban un poco las consecuencias. Sabía que había provocado al marquesado
de Manchike a una escala internacional.
— ‘Pero después de pasar
una noche con mi hijo, ¿acaso se negarán a casar a la joven?’
Un golpe de estado exitoso
no es un golpe, sino una revolución. No importaba el camino, mientras se llegará
a Trevero todo estaría resuelto. Solo hacía falta concretar esa única noche.
Con eso, la relación de poder cambiaría por completo.
Si su hijo expulsaba a la
dama negándose a casarse tras semejante escándalo, sería casi imposible para la
princesa de Manchike encontrar otro pretendiente de alto rango.
— ‘Que pasen una sola
noche a solas... ¡A partir de ese momento yo seré la reina absoluta!’
Una sonrisa se dibujó en
los labios de Rubina. Hasta se imaginó al marqués de Manchike impaciente,
ofreciendo aumentar la dotación del matrimonio.
Además, pensándolo bien,
incluso agradecía que la vizcondesa Panamere hubiera armado un escándalo al
intentar apoderarse del bote salvavidas.
De hecho, según las reglas
marineras, robar un bote salvavidas para uso personal en medio de la navegación
era motivo de ejecución sumaria. Ella simplemente le había perdonado la vida
sin ejecutarla.
Si más tarde venían a
reclamar alegando el secuestro de la hija del marquesado de Manchike, podría
amenazar con ejecutarlos a todos conforme a las reglas.
No obstante, aún había
algo que le producía mala espina. Si esa gente andaba gritando a los cuatro
vientos, sus desmanes quedarían al descubierto ante el mundo. Encerrada en el
mejor camarote, Rubina pensaba mientras se arreglaba las uñas.
— ‘¿Y si les entrego un
bote salvavidas después de alejarnos lo suficiente en el mar?’
Por supuesto, con un
agujero hecho en el fondo. Si todos los vasallos del marquesado de Manchike
terminaban en el fondo del mar sirviendo de comida para los peces, jamás se
extendería ningún rumor.
Después bastaría con
coordinar versiones diciendo que ambos pasaron la noche allí por voluntad
propia porque se querían.
Ras, ras. La lima de uñas
de Rubina, concentrada en otros pensamientos, limó por completo las múnulas
blancas.
— ‘Si la joven pasa la
noche en la isla y los vasallos del Marquesado mueren todos, ¿qué dirán en Manchike?
¿Acaso sus protestas serán feroces?’
Sin embargo, en realidad
Rubina no tenía necesidad alguna de tomar medidas tan extremas con respecto a
los vasallos de Manchike. A nadie le importaba lo que Rubina había hecho ni Manchike.
Porque gracias a las
noticias llegadas desde el norte, el Palacio de Invierno estaba sumido en un
completo caos.



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