Episodio 563
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Novela
Hermana, en esta vida yo soy la reina.
Episodio 563: Una capacidad de ejecución que supera la imaginación.
El barco de recreo, tras dar una vuelta completa a la isla,
atracó en un viejo muelle, y de la parte inferior de la embarcación bajó un
gran grupo de trabajadores que ni se había visto dónde estaban embarcados.
Se apresuraron a instalar parrillas, braseros y carpas,
preparando todo lo necesario para que los nobles disfrutaran de un banquete al
aire libre.
— “Los jóvenes deberían ir a dar un paseo.”
Sugirió la gran duquesa viuda Rubina.
Irene levantó la mano inmediatamente:
— “Yo iré con ellos.”
Una joven dama de la nobleza siempre debía ir acompañada por
una chaperona. Bajo ninguna circunstancia se la podía dejar a solas con un
hombre.
Rubina mostró una ligera molestia. Esto interfería con sus
planes:
— “No es que los esté mandando solos en un viaje en barco, es solo un breve
paseo. ¿Acaso en Manchike ni siquiera le dejan un respiro a la señorita?”
¡Si no es solo un respiro, es que no hay ni paredes ni techo
de lo libre que es, por eso la señorita está aquí al otro lado del mar en un
país extranjero haciendo esto!
Aunque las palabras llegaron hasta su garganta, Irene logró contenerse y
esbozar una sonrisa forzada.
— “El camino es peligroso, así que iré para sostener a la señorita.”
Sin embargo, esa era una mala excusa, pues Rubina lanzó un
contraataque imposible de rebatir inmediatamente:
— “¿Acaso no confías en mi hijo?”
Después de hablar mal de la propia madre, lo más difícil de
responder es hablar mal del hijo de otra persona.
— “Ah, no... Por supuesto que no es que no confíe en el gran duque... Solo me
preocupa que sea agotador para él. El camino es accidentado y habrá tramos
donde prácticamente tendrá que cargar a la señorita.”
Entonces fue Yulia Helena quien se molestó:
— “¿Acaso peso tanto?!”
— “N-no, no es eso...”
Irene sentía que se quemaba por dentro ante su señora, con
quien no lograba coordinarse. Aprovechando la oportunidad, Rubina arremetió con
todo:
— “Me entristece profundamente que traten a mi hijo de esta manera. El gran
duque César siempre ha sido el más caballero entre los caballeros. Apuesto a
que ni siquiera la vizcondesa Panamere puede negar ese hecho.”
Ante eso, ni siquiera Irene pudo replicar. En ese instante
recordó la conversación que había tenido a solas con César una noche tardía
días atrás:
— ‘Vizcondesa, no se preocupe demasiado. No soy un tipo tan desalmado.’
Aquella noche, César parecía extremadamente agotado. Su
espalda, cargada de una profunda melancolía y tristeza, permanecía grabada en
la memoria de Irene.
El gran duque había tenido innumerables oportunidades si
hubiera querido seducir a la ingenua joven, pero nunca cruzó la línea ni una
sola vez.
Justo cuando la vizcondesa empezaba a dudar si ceder o no, la
joven Yulia Helena se unió al grupo para presionarla:
— “Irene, déjame ir solo un momento, ¿sí?”
Le recordó a la vizcondesa en un tono significativo su
acuerdo previo:
— “Recuerda lo que me prometiste: que no interferirías.”
Le había dicho que intentara ganarse el corazón del gran
duque mientras estuvieran en Taranto, y que si tenía éxito, la ayudaría a
quedarse en Etrusco. A Irene se le escapó un suspiro involuntario.
—‘Ah...’
A ojos de Irene, esta jugada estaba completamente perdida, se
mirará como se mirará. ¿Cómo iba la joven a seducir a un hombre que cada vez
que la miraba ponía ojos de pescado hervido?
— ‘¡Esa chiquilla insensata!’
La señorita Yulia Helena no tenía experiencia alguna ni sabía nada de
relaciones entre hombres y mujeres. Solo tenía el recuerdo de que todos la
consentían y una oleada descontrolada de hormonas.
— ‘¡Está bien, haz lo que quieras!’
Irene tiró la toalla mentalmente respecto a la señorita.
— ‘¡Que experimente en carne propia que aunque se quede en enaguas y escriba
su nombre con las caderas frente a ese hombre, él ni moverá un dedo, y así
renuncie de una vez!’
Era de las que necesitan probar la porquería para saber que es porquería. En
ese momento, el gran duque César propuso primero:
— “Daremos un paseo por el sendero de la costa.”
A sus ojos, la vizcondesa Panamere ya no podía detener ni a
la desbocada Yulia Helena ni a la firme Rubina.
— ‘Con tal de que yo no ceda, no habrá problema, ¿no?’
De eso sí estaba seguro. César dio un paso al frente para tranquilizar a Irene:
— “Si rodeamos la costa, nos verán todo el tiempo desde el barco. Pueden
mantenernos vigilados desde aquí.”
El rostro de la vizcondesa Panamere se puso pálido al
instante.
— “¿...Desde aquí?”
Se preguntó si su acrofobia se lo permitiría. César se
encogió de hombros. Le daba igual desde dónde lo vigilara la vizcondesa del
vizcondado de Manchike.
— “Haga lo que le resulte más cómodo. Ya sea mirando desde la cubierta o desde
lo alto del mástil.”
Podía quedarse durmiendo en el camarote si quería; al fin y
al cabo, él no le haría nada a la joven.
Irene lo pensó un momento y, al ver a la entusiasmada Yulia
Helena, comprendió que no tenía una opción real.
— “Si es solo un momento...”
Ante la renuente aceptación de Irene, Rubina sonrió de oreja
a oreja y empujó suavemente la espalda de los dos jóvenes:
— “Vayan rápido.”
Al hacerlo, el mástil se balanceó, y no solo Irene, sino
también César y Yulia Helena se pusieron pálidos y se agarraron fuerte de la
barandilla de la cofia (topcastle).
Rubina se rio entre dientes:
— “Vaya, el barco es más frágil de lo que pensaba.”
Incluso sobre el mástil oscilante, Rubina estaba dichosa. Se
sentía satisfecha sin siquiera haber comido.
****
Descendiendo del barco con la ayuda de César, Yulia Helena
sintió como si una corriente eléctrica recorriera todo su cuerpo al sentir el
contacto de sus dedos, aunque fuera a través de los gruesos guantes de
invierno.
Tuvo que respirar hondo para reprimir el impulso de tomar su
mano, encajarla bajo su axila y gritar de alegría.
Así, en un ambiente tenso —que para una parte era un silencio
sofocante— bajaron al muelle, cruzaron el viejo embarcadero de madera y pisaron
la playa de arena tan blanca como la nieve.
Durante todo este proceso, César no dijo ni una sola palabra.
Simplemente caminaba guiando a la señorita de forma mecánica, como un paje de
la corte que escolta a una dama por deber profesional.
Yulia Helena estaba demasiado emocionada por el simple
contacto físico como para notar la falta de conversación, pero que continuara
un silencio tan prolongado empezó a parecerle extraño incluso a ella.
Poco a poco empezó a pensar que aquello era una falta de
cortesía, e incluso llegó a sentir que el gran duque la estaba tratando con
desprecio. Tras haber sufrido varias situaciones humillantes desde que llegó al
Reino de Etrusco, estaba a punto de desarrollar un complejo de persecución.
Justo cuando iba a protestar ante el gran duque:
— “¿Hum?”
César, que caminaba a su lado en silencio, fue el primero en
reaccionar.
Esta era su oportunidad. Yulia Helena le habló atropelladamente:
— “Gran duque, ¿acaso le resulta molesto hablar conmigo?”
— “Señorita, no es eso...”
Aunque se giró hacia Yulia Helena, César ni siquiera la
miraba a ella. Estaba mirando fijamente por encima del hombro de la joven,
hacia algo que estaba detrás de ella.
— “¡Mire esto! Ni siquiera me está mirando a los ojos.”
— “Señorita, lo importante ahora es...”
— “¿Qué puede ser más importante que el hecho de que usted
esté siendo grosero conmigo?”
César señaló hacia la costa, pero esto enfureció aún más a
Yulia Helena:
— “¡Incluso me está señalando con el dedo!”
— “Señorita, no es eso, ¡mire allí...!”
— “¿Quiere decir que la culpa es mía? ¿Cree que señalándome
va a cambiar algo?!”
Para explicar que no estaba siendo grosero, César tuvo que
cometer una falta de respeto mucho mayor: extendió ambos brazos y sujetó a
Yulia Helena por los hombros. Las dos grandes manos del hombre cubrieron los
delgados brazos de la mujer.
Luego la giró a la fuerza.
— “¡Ayyy! ¿Qué está haciendo...?”
El grito de Yulia Helena se cortó en seco y se le cayó la
mandíbula.
— “¡¿Qué es eso que se ve allá?!”
Antes de que César pudiera responder, la astuta señorita
encontró la respuesta por sí misma:
— “¡¡El barco nos está dejando solos y se está yendo!!”
****
— “¡¿Acaso se ha vuelto loca?! ¡¿Se ha vuelto loca, gran
duquesa viuda?!”
— “¡Mida sus palabras, vizcondesa Panamere!”
Irene estaba en lo alto del mástil cuando sintió un bamboleo
extraño.
Al principio pensó que eran cosas suyas. Por muy grande que fuera el barco y
por muy anclado que estuviera al muelle, siempre hay olas. Ella era propensa al
mareo y odiaba las alturas.
— ‘¿Debería bajar... y comprobarlo?’
Pero al pensar en descender sola por el mástil, se sintió
abrumada. Además, si bajaba, dejaría desprotegida la vigilancia sobre el gran
duque César y la señorita Yulia Helena.
Irene se engañó a sí misma durante el mayor tiempo posible pensando que aquel
balanceo del barco eran simples olas.
— ‘Concentrémonos, mantengamos la vista en la señorita...’
Solo cuando los dos pequeños puntos a lo lejos, que parecían
dos hormigas (César y Yulia Helena), se sacudieron bruscamente, Irene se dio
cuenta con certeza de que había un problema.
¡El barco estaba levando anclas y dejando el muelle!
Lo que había sentido era el ruido del ancla al ser subida a la cubierta.
Su gran error fue empeñarse en quedarse sola en lo alto del
mástil para vigilar bien al gran duque César y a la señorita Yulia Helena.
No debió haberse quedado mirando tan fijamente a esos dos pequeños puntos que
caminaban por la playa.
¡Si tan solo se hubiera dado cuenta de que los marineros volvían a abordar el
barco, no habría sido tan tarde!
Descendiendo por el mástil temblando de pavor tras un
esfuerzo sobrehumano, la vizcondesa Panamere fue de inmediato a buscar a Rubina
para protestar con vehemencia:
— “¡Haga dar la vuelta al barco inmediatamente, ya mismo!”
— “¡¿Quién se cree que es para dar órdenes aquí?!”
La marquesa Cepinelli se interpuso físicamente entre la gran
duquesa viuda Rubina y la vizcondesa Panamere.
La marquesa, de contextura imponente, resultaba físicamente muy amenazante. Con
la potencia de voz que salía de su gran cuerpo, gritó con fuerza:
— “¡Les hemos dado un trato preferencial por ser invitados extranjeros y ahora
no tienen respeto por nada!”



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