Episodio 588
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Novela
Hermana, en esta vida yo soy la reina.
Episodio 588: Cuando nos reunimos bajo la bandera.
A la cabeza de la orden de
caballeros, un caballo blanco galopaba a la velocidad de la luz. Sobre él iba
Alfonso, sujetando con fuerza las riendas.
Su cabello dorado flameaba
en el aire como la melena de un león macho.
La armadura del príncipe
brillaba tan oscura como la obsidiana, y el casco negro que llevaba bajo el
brazo relucía impecable. La capa que ondeaba a su espalda era del mismo color
azul que había llevado desde sus días como el único heredero de Etrusco, el
‘Príncipe de Oro’.
Tras él marchaba su tropa
directa, ataviada por completo con armaduras negras. Era una unidad de élite
equipada con armaduras de placas de la máxima calidad, idénticas a la de
Alfonso. Solo se diferencian del comandante supremo en que sus armaduras tenían
menos ornamentaciones y sus capas eran más cortas.
En circunstancias
normales, la unidad directa del comandante supremo estaría compuesta por un
puñado de oficiales de alto rango en funciones de estado mayor y una guardia
personal. Sin embargo, en la Orden de los Caballeros del Casco Negro, esta era
la mejor unidad de combate, que también ejercía como vanguardia de incursión.
— “¡Adelante!”
A continuación, los siete
centuriones salieron en orden liderando a sus respectivas unidades. A partir de
aquí, vestían sobrevestas sobre sus armaduras de placas negras para distinguir
a qué unidad pertenecían.
Las siete compañías
combinaban sobre un fondo azul y blanco el bordado de un casco negro y una
corona de laurel dorada en composiciones ligeramente distintas.
Aunque desde lejos
cualquiera podía identificar de un vistazo que pertenecían a la Orden del Casco
Negro, si se trataba de un enemigo que los enfrentaba por primera vez, solo
ellos mismos podían reconocer a qué compañía pertenecía cada uno.
Ver a unos ochocientos
caballeros pesados galopar con un equipamiento y un distanciamiento uniformes
resultaba un espectáculo grandioso. Era radicalmente diferente de los días en
la Tierra Santa, cuando ni siquiera tenían dinero para unificar las armaduras y
debían manchar los cascos con hollín para distinguir a sus unidades.
Y no solo eso. Tras ellos
marchaban los escuderos a caballo, cuyo número alcanzaba los mil.
Al final de la formación
iban los escuderos que no poseían caballo, que sumaban asimismo unos mil
hombres.
Avanzaban a marcha forzada
manteniendo las filas junto a los carros de hierro que transportaban los
pertrechos de los caballeros. Era la labor que antes realizaba Zanoby.
Sin importar su posición,
ya fuera en la tropa directa del príncipe o entre los escuderos que guiaban los
carros, todos rezaban pidiendo la protección del Dios.
Y deseaban fervientemente
realizar una proeza colosal en esta batalla para ascender a un puesto
destacado.
Quien no se satisface con
el estado actual desea la guerra. Los héroes nacen cuando el mundo se sume en
el caos. Innumerables jóvenes ordinarios creían firmemente que el nuevo héroe
que destacaría en esta era turbulenta sería ninguno otro que él mismo.
— ‘¡La moral estaba por
las nubes!’
Alfonso, que cabalgaba en
primera línea, aunque mencionaba la protección divina, no esperaba en absoluto
que el Dios Celestial los ayudara si los humanos se cruzaban de brazos sin
hacer nada.
Tampoco sentía el deseo de
gloria de labrarse un nombre como héroe de la nueva era; esa era una ambición
propia de jóvenes que no poseían nada.
Ahora él tenía una mujer a
la que proteger y una familia de la que hacerse cargo.
Calculó el despliegue de
sus fuerzas. Era un plan que ya había revisado con su estado mayor al entrar en
estado de máxima alerta.
No obstante, en
circunstancias normales, debería haber realizado una simulación más con la
información actualizada justo antes de partir.
Bueno, la guerra nunca
salía según lo planeado; uno se las apañaba con lo que tenía sobre la marcha.
— ‘Lo urgente es llevar
solo a la caballería para bloquear la ruta principal’.
Como veterano, mantenía la
calma. La Orden del Casco Negro era, en sí misma, la unidad más poderosa del
continente central.
Sin embargo, como ejército
y no como simple unidad, tenían la desventaja fatal de emplear un único tipo de
tropa.
Para Alfonso, en calidad
de comandante, esto significaba tener menos opciones en el campo de batalla.
En ese momento, el único
terreno que Alfonso podía elegir era la llanura.
En el instante en que
llevara a la caballería pesada a una zona montañosa, era muy probable que
experimentara un infierno en la tierra.
— ‘No hay razón para
ponerse impaciente. ¡Felipe está exactamente en la misma situación!’.
Felipe IV tendría aún más
ganas que él de evitar las zonas montañosas. Además de la caballería pesada, él
tenía que arrastrar armas de asedio.
Para empezar, ¿no estaba
invadiendo el país vecino, que poseía a la orden de caballeros más poderosa,
precisamente para evitar las montañas?
— ‘Subestimó a mi padre’.
El Rey León III siempre
había actuado con cautela e inseguridad frente a Gálico. Gracias a ello, dejó
escapar muchas cosas que le correspondían por derecho.
El confinamiento del
príncipe Alfonso era un incidente más que suficiente para exigir a Felipe IV la
compensación correspondiente.
Sin embargo, el Rey León
III no presentó ninguna protesta formal ante Gálico, conformándose con que su
hijo hubiese regresado sano y salvo como héroe de guerra.
— ‘¡Esta vez no te va a
ser tan fácil, Felipe!’.
Sin embargo, las opciones
de Alfonso en la llanura también eran menores que las de Felipe IV.
Alfonso podía emprender
batallas campales locales o incursiones nocturnas en la llanura, pero no podía
entablar una gran batalla decisiva.
Sin infantería ni
arqueros, era imposible.
Por el contrario, una gran
batalla campal era una opción que Felipe, que contaba con artillería e
infantería ligera, aceptaría de buen grado.
— “¡Bernardino!”
Llamó Alfonso en voz alta
al señor Dino, que galopaba justo detrás de él.
— “¡Sí, Su Alteza!”
Respondió el señor
Bernardino con la voz más potente que le permitían sus fuerzas.
— “¿Trajiste lo que te
pedí?”
— “¡Lo tengo conmigo!”
Alfonso sonrió mostrando
sus dientes blancos. Señor y vasallo se entendían a la perfección sin necesidad
de pronunciar sujeto ni objeto.
Lo que el señor Dino había
traído era una carta de Ariadne.
No era algo acordado de
antemano, ni tampoco un objeto que por costumbre debiera entregarse a un marido
que partía a la guerra, pero entre Alfonso y Ariadne existía la fe tácita de
que habría algo así.
Aunque intuía que se la
enviaría, saber que realmente la tenía le infundió muchas más fuerzas.
Más que en la bendición
del Dios Celestial, confiaba en la esposa que había dejado en San Carlo.
Concretamente, en la mejor estratega del continente central, a quien había
dejado a salvo tras las murallas del castillo.
Ariadne había escrito, por
supuesto, una carta de lealtad dirigida al Rey León III, pero también le había
enviado varias cartas a Alfonso. No obstante, los destinatarios de las cartas
que ella escribió eran tres en total.
Incluso la última carta la
envió con un caballo más rápido que el que llevaba el mensaje para el Rey León
III.
El destino era Unisola.
****
El mensajero real debía
regresar de inmediato a Taranto, pero no era un itinerario humanamente
soportable. Habían galopado casi una semana entera para subir hasta allí.
— “En vez de caernos del
caballo dormidos por el camino, descansemos, aunque sea medio día.”
El capitán persuadió a su
subordinado, y este tampoco puso objeciones. Como no podían dormir
descaradamente en el palacio, decidieron esconderse y descansar un momento
antes de partir.
— “Conozco una buena
posada.”
Al decir que se quedarían
a dormir durante el día y partirían antes de que cayera la noche, el posadero
les hizo un descuento. Sin embargo, alquilar una habitación de día no era
barato sin motivo: las posadas eran lugares donde se reunían los borrachos a
beber desde temprano.
— “Oye, ¿visteis al
príncipe salir galopando por la puerta del castillo?”
— “¡Fue un espectáculo
grandioso, grandioso!”
Los hombres, ya ebrios,
vociferaban mientras bebían vino barato.
— “¡Su cabello brillaba a
la luz de la mañana, parecía de oro de verdad!”
El capitán, que subía al
segundo piso, se detuvo y entrecerró los ojos.
— ‘¿¿A la luz de la
mañana...??’
Ellos habían llegado a San
Carlo a mediodía. La mañana no era una franja horaria en la que el príncipe
Alfonso pudiera haber partido tras recibir las órdenes del rey.
— “¡Deje de beber ya! ¡Si
siempre se está quejando de que le duele todo el cuerpo!”
Lo regaño la posadera. El
borracho protestó:
— “¡Bebo porque me duele!
¡Cuando bebo no me duele nada!”
— “¿No será mentira que te
duele y también que viste a Su Alteza?”
Intervino otro.
El subordinado apremió al
capitán:
— “¿No subimos? Me muero
de cansancio.”
— “Espera un momento.”
El capitán se quedó en el
descansillo de la escalera escuchando con atención la conversación de los
borrachos. El hombre reprendido replicó en voz alta:
— “¡¿Quéee?! ¡¿Qué me pasa
a mí?!”
— “¡El borracho Marco no
estaría despierto al amanecer ni de broma!”
Todos estallaron en
carcajadas excepto el hombre al que habían tildado de mentiroso.
— “¡Tch!”
Sinceramente, no tenía
nada que responder. Entonces, tras vérsele ocurrir una buena idea, contestó:
— “¡Si me paso la noche
bebiendo, yo también estoy despierto!”
— “El príncipe salió un
poco después del amanecer. Si estuviste bebiendo hasta entonces, ahora deberías
estar en el país de los sueños.”
— “Lo vi y me fui a dormir
enseguida, me acabo de levantar.”
La posadera echó una mano:
— “Eso es verdad. Miren,
ha pedido tres tipos de sopa para la resaca. ¡Por eso le acepté en la posada!”
El tema de conversación de
los borrachos del pueblo cambió de rumbo. El capitán de los mensajeros subió
las escaleras de la vieja posada con el ceño fruncido. Al intentar escaquearse,
parecía haber obtenido una valiosa información inesperada.
— ‘Esto... ¿no será algo
digno de informar...?’
A su parecer, era una
noticia que le encantaría a Su Majestad el Rey. Estaba un paso más cerca de un
ascenso.
****
Mientras los mensajeros
del rey que debían dirigirse a Taranto haraganeaban, el mensajero del palacio
del príncipe, que llevaba la carta de la princesa consorte en el pecho,
galopaba a toda velocidad hacia Unisola.
Unisola, a diferencia de
Taranto, estaba cerca de la capital. Tras una carrera frenética que rayaba en
el maltrato animal, el mensajero logró reunirse en menos de medio día con el
representante Caruso, líder de Unisola.
—¡M-Mi Señor Representante
Caruso...! ¡S-Soy un mensajero enviado desde San Carlo!
Debía expresar su gratitud
por haber bajado en persona a recibirlo, pero le faltaba el aliento. El
mensajero respiraba con dificultad apoyado sobre el lomo del caballo. El
ayudante del representante Caruso se acercó rápidamente al mensajero y recogió
la carta.
Al recibirla de manos de
su ayudante, el representante Caruso examinó el sello de cera. Tenía grabada la
insignia de la familia De Mare, reconocible de un vistazo incluso en sueños.
— “¿La princesa sigue
usando este anillo de sello?”
Rezongó el representante
Caruso.
Era una queja abierta
sobre cuándo pensaba el rey nombrarla oficialmente princesa consorte. Abrió la
carta allí mismo. Por lo general, prefería reunir todos los documentos en su
despacho para revisarlos, pero dada la identidad del remitente y el estado del
mensajero, sintió que debía comprobarlo de inmediato.
Como era de esperar, era
una carta urgente. Al leerla, un profundo ceño se dibujó en la frente del
representante Caruso.
— “Querido, ¿qué ocurre?”
Al oír que había llegado
un mensajero desde San Carlo, Camelia bajó a toda prisa hasta las puertas del
castillo. Llevaba las manos puestas sobre su vientre ligeramente abultado.



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