Episodio 586
← Capítulo Anterior Capítulo siguiente →
Novela
Hermana, en esta vida yo soy la reina.
Episodio 586: La razón de ser de una nación
Alfonso se levantó de su
asiento de un salto. Las venas de su cuello y de su mandíbula fuertemente
apretada se marcaron con un tono azulado por la tensión.
El señor Manfredi, adivinando lo que pasaba
por la mente del príncipe, se aferró a la manga de Alfonso.
— “Su Alteza, debe
calmarse.”
Ese solía ser el cometido
habitual del señor Bernardino. Sin embargo, tras ocuparse de diversos asuntos
logísticos del orden de la caballería, el señor Manfredi ya era capaz de prever
dónde surgirían los problemas; con el tiempo, estaba ganando experiencia como
administrador.
— “Si movemos tropas hacia
la frontera sin la autorización de Su Majestad el Rey, esto podría convertirse
más adelante en un grave conflicto.”
Rebelión.
El señor Manfredi no se
atrevió a pronunciar aquella palabra. No obstante, cuando la capital, el
ejército y la insubordinación se alineaban, era el término más previsible. Sir Decilio,
aún lleno de ímpetu juvenil, estalló de indignación en su lugar.
— “¡El señor Manfredi! ¡Si
marchamos a defender la frontera que el enemigo está invadiendo, ¿cómo podría
Su Majestad el Rey culpar a Su Alteza el Príncipe?!”
Alguien más entró en el
despacho del príncipe Alfonso. Era el señor Bernardino. Al enterarse de que el
señor Decilio había ido corriendo a informar sobre la invasión fronteriza, lo
había seguido de inmediato.
En cuanto el señor Dino
abrió la puerta del despacho, el señor Manfredi respondió con amargura:
— “Decilio... tú no
conoces a Su Majestad.”
Esa fue la primera frase
que escuchó el señor Bernardino al entrar al recinto donde todos estaban
reunidos. El señor Dino miró a el señor Manfredi con perplejidad.
— “Manfredi, ¿no se supone
que esa frase me tocaba decirla a mí?”
— “Me he manchado las
manos. Hazte cargo de mi pureza.”
— “¿Acaso crees que yo
nací bañado en fango? Por fin estás empezando a ganarte el pan.”
— “¿Y antes de eso?”
— “Un parásito.”
Ambos comenzaron a
discutir. Parecía que el ambiente se aliviaba un poco, pero la situación no se
resolvería únicamente mejorando el estado de ánimo respecto al núcleo del
problema. Alfonso interrumpió a los presentes con una voz grave.
La pregunta formulada por
el príncipe fue profunda y contundente:
— “... ¿Cuál creen que es
la razón de ser de una nación?”
El señor Bernardino y el
señor Manfredi guardaron silencio de inmediato. La voz de Alfonso era serena y
pausada, lo que la volvía aún más escalofriante.
— “El pueblo acude a los
señores feudales solicitando protección, y los señores feudales juran lealtad
al rey a cambio de la defensa de sus feudos.”
— “…”
— “Si el Reino de Gálico
avanza para vulnerar nuestras fronteras y nosotros nos limitamos a esperar de
brazos cruzados, ¿por qué demonios nos llamamos señores de los feudos,
disfrutamos del poder y mantenemos una orden de caballeros a costa de
semejantes gastos?”
— “Su Alteza...”
El señor Bernardino
intervino tras el señor Manfredi para disuadir al príncipe Alfonso. Después de
todo, el verdadero experto en estos asuntos era el señor Dino.
— “El objetivo de Gálico
no somos nosotros.”
El señor Bernardino
llevaba en las manos una docena de hojas de papel. Era papel de pulpa recién
fabricado, impreso con toscos tipos móviles de madera. Había acudido a toda
prisa al despacho del príncipe para entregar aquello.
— “Hace apenas unas horas,
Felipe IV de Gálico declaró la guerra al papa Justiniano de Trevero.”
Era el manifiesto de
declaración de guerra difundido por Gálico. Alfonso hojearía rápidamente las
livianas páginas.
Efectivamente, era justo
como habían previsto con anterioridad. Las hojas estaban repletas de
acusaciones sobre el libertinaje sexual y el cobro de sobornos de Justiniano
VIII.
— ‘No se mencionaba la
herejía’.
Se había omitido el cargo
de herejía, y en su lugar el documento rebosaba de descripciones detalladas y
grotescas sobre sodomía, incesto, agresiones sexuales a menores, extorsión
financiera y lujos exorbitantes.
Aparte de eso, no había
gran cosa más; por ejemplo, pruebas rotundas que respaldaran los desmanes del
papa Justiniano.
「Por consiguiente, Felipe IV del Reino de Gálico, devoto creyente de la fe
cristiana, ha alzado en armas a su ejército para castigar severamente a los
corruptos que se adueñan del nombre de los apóstoles del Dios Celestial. Que
todos aquellos que compartan el sentir de tan noble rey se unan a nuestra causa.
」
Ante las palabras ‘noble
rey’, Alfonso esbozó una sonrisa torcida. Era muy cierto el dicho de que los
insultos que se dirigen a otros reflejan los propios complejos de quien los
pronuncia.
El rey más corrupto del
mundo estaba señalando con el dedo a la Santa Sede por las mismas faltas que a
él le correspondían.
Lo único que faltaba en
aquel manifiesto no eran solo las evidencias de la depravación papal.
— “No hay ninguna
declaración de guerra contra nosotros.”
— “Así es.”
Había un motivo por el cual
el señor Bernardino había acudido a toda prisa con el manifiesto de Gálico.
Deseaba evitar el conflicto en la medida de lo posible.
— “¿Acaso Felipe IV no
pretende simplemente cruzar por nuestro camino...?”
— “Señor Bernardino.”
Alfonso pronunció el
nombre completo del señor Dino de una manera poco habitual en él. El señor Dino
se erguó al instante.
— “Sí, sí, Su Alteza.”
— “Ese camino también
forma parte de nuestro territorio.”
Felipe IV de Gálico
marchaba rumbo a las tierras del Reino de Etrusco. Independientemente de la
declaración de guerra, a menos que de pronto se diera la vuelta para escalar
montañas, eso era un hecho indiscutible.
— “Los vasallos que
habitan cerca del camino imperial también son nuestro pueblo, y los
arrendatarios del feudo de Gaeta son asimismo nuestros vasallos.”
La voz de Alfonso se
volvió cada vez más baja y grave. En proporción inversa, un escalofrío recorrió
la espalda del señor Bernardino y del señor Manfredi.
Por el contrario, el señor
Decilio, partidario firme de la guerra, alzó la voz. En un momento así, le
resultaba imposible contenerse.
— “¡No estarán pensando
los señores que esos malditos se limitarán a usar el camino e irse
pacíficamente!”
El señor Dino le dio unos
toques con el talón de su bota a la del señor Manfredi. Este comprendió el
mensaje de inmediato y, retrocediendo con la mayor cautela posible, se escurrió
fuera del despacho del príncipe.
— “¡A la velocidad que
avanzan, van a permanecer en nuestro territorio durante más de un día y medio!”
Al desplazarse con armas
de asedio, el ritmo de marcha del ejército no podía ser rápido. Era una
limitación que ni siquiera las calzadas pavimentadas de la época del Imperio
Ratan podían solucionar.
A ello se sumaba el hecho
de que se trataba del despliegue personal del rey. Alfonso, que luchaba
activamente al frente de su orden de caballeros, era la excepción; por muy
joven que fuera el monarca, cuando este participaba en una marcha, las tropas
de élite debían aminorar la marcha por consideración a su rey.
— “¡Es imposible que
traigan consigo toda el agua que van a beber o que al retirarse recojan su
propia basura para marcharse limpiamente!”
El señor Bernardino
intentó calmar con suavidad a el señor Decilio.
— “Vamos, el mismísimo rey
de Gálico marcha en persona; no creo que se dedique a atormentar al pueblo.
Además, ni siquiera nos han declarado la guerra a nosotros. En esas
condiciones, tendrían cuidado de no emplear la fuerza bruta descaradamente.”
Quien interrumpió las
palabras del señor Dino fue Ariadne.
— “Si se trata de una
expedición personal del rey, con mayor razón debió haber declarado la guerra.”
— “¡Princesa!”
El señor Bernardino y el
señor Decilio hincaron una rodilla en tierra para rendir honores a Ariadne.
Quien la había traído era
el señor Manfredi. Tras recibir la señal del señor Dino, la había llamado con
la esperanza de que lograra hacer entrar en razón al príncipe Alfonso.
Sin embargo, su señora no
actuó como ellos deseaban.
— “O bien tendría que
haber solicitado permiso previo para utilizar nuestras vías.”
Alfonso imaginó la escena
en la que Felipe le pedía el favor a su tío político para atravesar el
territorio y dejó escapar una risotada cínica. Aunque eran primos, la relación
entre ellos distaba mucho de ser afectuosa.
— “Por mucho que se trate
de Su Majestad nuestro Rey, no hay forma de que hubiera aceptado semejante
propuesta descabellada.”
La frase «a menos que
recibiera una suculenta compensación» quedó tácita, pero todos la comprendieron
a la perfección. No obstante, aunque el Rey León III carecía tanto de moral
como de fe religiosa, era un hombre muy atento al qué dirán y sumamente
cobarde.
Bajo circunstancias
normales, jamás habría cedido el paso para invadir Trevero. ¿Qué clase de
condena pública recibiría más adelante por haber prestado su ayuda en la
invasión de la Santa Sede?
Ariadne asintió ante las
palabras de Alfonso.
— “Así es. Felipe IV, a
sabiendas de que no obtendría el consentimiento de Su Majestad el Rey León III,
pretende cruzar nuestras fronteras sin autorización.”
El señor Dino y el señor
Manfredi contemplaron a Ariadne con las pupilas temblorosas. Ellos sabían muy
bien que Gálico intentaba pasar por alto el asunto de manera descarada.
— ‘¿Así que no podríamos
nosotros también pasarlo por alto?’.
Sin embargo, ella acabó
por pronunciar la palabra definitiva:
— “Por mucho que se
pretenda disfrazar, esto es una invasión.”
El señor Decilio respondió
con exaltación:
— “¡Así es! ¡Atacar sin
siquiera declarar la guerra es una falta total de respeto hacia nosotros!
En el mundo de la iglesia,
declarar la guerra antes de atacar se consideraba una regla fundamental
indiscutible.
Del mismo modo que un
duelo no pactado con antelación no se regía por la caballería sino por las
trifulcas de rufianes de callejón, una guerra no anunciada previamente se
consideraba ajena a las etiquetas de un caballero. Ariadne señaló:
— “Invadir sin declaración
de guerra constituye en sí mismo una violación de la cortesía internacional.”
Si Gálico cruzaba la
frontera del Reino de Etrusco sin una declaración previa de guerra, las demás
naciones tendrían pleno derecho de intervenir a favor de Etrusco y atacar a Gálico
sin que este pudiera replicar.
Por supuesto, en esos
momentos no había ninguna nación en el continente central con la capacidad
diplomática o militar para hacerlo.
— “Su Alteza la Princesa,
sin embargo, debemos considerar cómo reaccionará Su Majestad el Rey.”
El señor Bernardino
intentó persuadirla con vehemencia. Todo lo que decía Ariadne era totalmente
cierto.
Sin embargo, él llevaba
muchísimos años sirviendo en el Palacio Carlo, desde los tiempos en que la
reina Margarita aún vivía y el príncipe Alfonso no era más que un niño.
El Rey León III no era un
monarca que tomara decisiones basadas en la lógica o la justicia.
El niño al que el señor
Bernardino había observado durante tanto tiempo se había convertido en un león
adulto que ahora miraba fijamente a su antiguo protector. Era un león macho de
melena dorada que lideraba a la manada. En los ojos azul grisáceo de Alfonso
brilló un destello de luz desafiante.
— “Dino, de nada servirá
que te aferres a Ariadne.”
Él no deseaba que su
esposa se viera en una posición comprometida. Esto era, a fin de cuentas, su
propia decisión y una responsabilidad que debía asumir por completo.
— “No puedo seguir
tolerando las insolencias de mi querido primo Felipe.”
— “Su Alteza, ya conoce el
carácter de Su Majestad el Rey.”
— “Lo sé. Lo conozco de
sobra.”
Alfonso estaba harto de
vivir pendiente de los estados de ánimo de su padre. Estaba cansado de ver cómo
lo correcto se transformaba en incorrecto según los altibajos emocionales del
rey, y de tener que fingir ignorancia cuando todo resultaba evidente.
— “Es mi decisión. Felipe
no pisará el suelo de Etrusco.”
El señor Decilio,
entusiasmado, apretó el puño y lo agitó en el aire.
— “¡Orden de Caballeros
del Casco Negro, despliegue total!”



Comentarios
Publicar un comentario