Episodio 582

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Novela

 

Hermana, en esta vida yo soy la reina. 

 

Episodio 582: Convertir la crisis en oportunidad

El aspecto de Cecilio, el vice embajador de Trevero y sacerdote, al regresar al salón del banquete era un poema, como si hubiera tragado hielo.

El embajador principal, monseñor Fernando, estaba tan ocupado charlando amablemente con el Rey León III que no se percató a tiempo del sacerdote Cecilio. El sacerdote Cecilio, sin pedir la autorización de su superior, preguntó de sopetón: 

— “¿Acaso Su Majestad el Rey del Reino de Etrusco ha disfrutado de una tarde sumamente placentera?”

Era la pura verdad. Sin embargo, a veces, decir la verdad en voz alta es el mayor de los ataques. Al oír semejantes palabras de labios del sacerdote Cecilio, el Rey León III se sintió contrariado de inmediato. 

Monseñor Fernando, el embajador principal, al no comprender la situación, echó mano de cierto descaro para aliviar la tensión del ambiente. 

— “Si ha disfrutado de una buena tarde, eso también es motivo de alegría. ¿A qué grato asunto se ha dedicado?”

Para colmo, la pregunta dio de lleno en un punto sensible. Mientras el Rey León III fruncía el ceño en un gesto hosco y guardaba silencio, fue el sacerdote Cecilio quien respondió en su lugar: 

— “¡Resulta que Su Majestad el Rey León III ha pasado un rato maravilloso a solas con su concubina desde esta tarde hasta la noche!”

La cara de monseñor Fernando también se endureció en un instante. Enseguida acudió a su memoria la joven que habían visto en la misa mayor, ataviada con indumentaria indecente e ignorándolos al pasar. Isabella poseía una apariencia difícil de olvidar. 

En ese instante, el embajador de Trevero sintió una honda indignación. Por muy apacible que fuera la índole de un clérigo, un eclesiástico no dejaba de ser un eclesiástico. 

Aunque entre los eclesiásticos abundaban los que mantenían concubinas y formaban familias, aquello atañía principalmente a aquellos de alto rango, como cardenales o obispos destinados en misiones locales. 

Un humilde fraile ni siquiera podía soñar con semejante cosa, e incluso los sacerdotes bajo la jurisdicción directa de la Santa Sede en Trevero, supervisados por el Santo Padre, no gozaban de una vida de licencia sexual, independientemente de su jerarquía. 

El ser humano tiende a volverse mucho más riguroso con los vicios de los que él mismo no puede disfrutar. Monseñor Fernando, del mismo modo, aborrecía en extremo a los monarcas que, entregados a la lascivia, desatendían los asuntos de Estado. 

— “¡Su Majestad! Desear los placeres mundanos es algo inherente a cualquier ser humano. Sin embargo, ¡que un monarca de la Fe cristiana, llamado a ser modelo para los demás, vea perjudicada su agenda oficial por causa de una mera manceba! ¿No le dará vergüenza cuando se presente ante el Dios Celestial?” 

El señor Delpianosa, que en sus adentros estaba absolutamente de acuerdo con este amargo consejo, tampoco intervino en favor del Rey León III. Tras haber permanecido solo dos horas hablando sin parar en lugar del Rey León III y cargando con la vergüenza que le correspondía al monarca, no le quedaban fuerzas ni para idear una excusa. 

El Rey León III, creyendo ofrecer una respuesta ingeniosa a tan impertinente pregunta, replicó: 

— “Pero si yo poseo una indulgencia. Ya sabéis, esa que me consiguió mi hijo.” 

El difunto Santo Padre, Ludovico I, había promulgado en su día la orden de que los soberanos de la época, o bien un familiar en línea directa, acudieran a Trevero en representación de cada nación. 

El Reino de Etrusco había enviado al príncipe Alfonso, y fue allí donde, tras su encuentro con el Gran Duque Odón, los crímenes de la Gran Duquesa Lariesa quedaron al descubierto con absoluta claridad. 

Lo que el Rey León III poseía era la indulgencia concedida en aquel entonces a las familias reales que acataron el mandato del Santo Padre Ludovico. 

El devoto monseñor Fernando se quedó atónito y sin palabras ante una respuesta tan sumamente descarada. 

— “¡Su Majestad! Eso solo sirve para aquel que está dispuesto a admitir sus pecados, arrepentirse y aceptar con humildad el castigo que le imponga el Dios Celestial. ¡Obtener una indulgencia con dinero o poder no abre de por sí las puertas del ciclo de la reencarnación hacia un buen destino!” 

— “En ese caso, ¿por qué me la concedió el difunto Santo Padre Ludovico?”

Monseñor Fernando se quedó mudo por un instante. Fue entonces cuando el sacerdote Cecilio intervino tajante desde un lado: 

— “¡Porque jamás imaginó que la emplearíais de semejante modo!” 

 el señor Delpianosa profirió un suspiro y musitó. Era el pensamiento de su corazón que se le había escapado sin querer: 

— “Con lo mucho que le costó al príncipe Alfonso ganarla arriesgando su propia vida...” 

El Rey León III, al hallarse ante los enviados de Trevero, no se atrevió a reprenderlo abiertamente, pero miró con severidad a el señor Delpianosa. Este encogió el cuello como una tortuga asustada. 

Al notar la necesidad de suavizar el ambiente, monseñor Fernando cambió de tema con palabras elogiosas. Al fin y me cabo, habían acudido allí en calidad de suplicantes a pedir tropas. 

— “La valentía mostrada por el príncipe Alfonso en la Tierra Santa fue verdaderamente extraordinaria.” 

Aquello era un cumplido. Al menos en circunstancias normales. 

El Rey León III, incapaz de mostrar ante los legados de la Santa Sede el complejo de inferioridad que sentía hacia su hijo, se mordió los labios y procuró contener su expresión. 

Aquello resultó bastante eficaz, de modo que monseñor Fernando no se dio cuenta de la ciénaga en la que se estaba adentrando. 

— “Si todos los monarcas de la Fe cristiana poseyeran la valentía del príncipe Alfonso de vuestro reino, no tendríamos por qué preocuparnos por el auge de los paganos...” 

A pesar de que la cruzada liderada por el Santo Padre Ludovico concluyó con una gran victoria y el prestigio de la Santa Sede debería ser omnipotente, en la actualidad la autoridad de Justiniano VIII no lograba asentarse con firmeza en los distintos reinos por dos razones principales. 

En primer lugar, Justiniano VIII había ascendido al trono de forma repentina, por lo que no había conseguido hacerse con el control de las estructuras de la Santa Sede en cada país. Esto era especialmente grave en las redes inferiores del Reino de Gálico. Hasta el punto de que, por orden de Felipe IV, se había suspendido la entrega del diezmo destinado a la Santa Sede.

El hecho de que se dilatara el nombramiento del cardenal de la Gran Diócesis de San Carlo obedecía a tales circunstancias. Justiniano VIII se esforzaba desesperadamente por emplear los cargos vacantes como moneda de cambio para recuperar su influencia en cada nación. 

En segundo lugar, la fuerza de la Santa Sede radicaba actualmente en dos pilares: uno era el habitual derecho de excomunión, y el otro era la potestad de designar al comandante supremo de la próxima cruzada. 

Tal como el Gran Duque de Uldemburgo del Ducado de Sternheim se convirtió en Ulrico I del Reino de Jerusalén, convertirse en el líder de una cruzada victoriosa constituía una oportunidad insólita para elevar el rango de una estirpe hereditaria. 

A menos que se lograra una guerra de conquista victoriosa o un tratado matrimonial para desposar a una princesa con derechos sucesorios —lo difícil que resultaba esto se evidencia sobradamente en los continuos fracasos del Rey León III por lograr una unión personal—, algo inimaginable podía materializarse a través de una sola expedición de cruzada.

Aunque no se obtuviera el puesto de comandante supremo, siempre quedaban suculentas migajas. El Reino de Gálico, su antiguo señor, obtuvo la soberanía sobre el puerto clave de Valianti, mientras que la República de Oporto, encargada de la logística, consiguió un distrito autónomo dentro del mismo puerto. 

En condiciones normales, los monarcas deberían estar disputándose el favor de la Santa Sede. Pues, de no conseguir el mando supremo, debían asegurar al menos algún otro cargo. 

Sin embargo, el Reino de Salamanta no estaba en posición de enviar tropas al extranjero debido al riesgo de una guerra civil por disputas sucesorias. Y la negativa del Reino de Gredo estaba vinculada a la situación de Salamanta. 

Hacía unos veinte años, el Reino de Gredo había estado a punto de sucumbir tras ser invadido por el Reino de Salamanta, por lo que no podía movilizar su ejército hacia el exterior ante la incertidumbre de un posible levantamiento militar de Salamanta. 

Por su parte, el Reino de Gálico se había saciado con el puerto de Valianti y no veía la necesidad de enviar tropas de nuevo. Además, el despecho personal de Felipe IV suponía un obstáculo aún mayor. 

Felipe IV había invertido en la guerra santa con la esperanza de que se reconociera como heredero a su hijo bastardo, Jean. Para Felipe, algo como Valianti no era más que un mero beneficio secundario. 

No obstante, la Santa Sede de Ludovico no le otorgó lo más importante y le traicionó descaradamente. 

— ‘¡Cómo se atreve la Santa Sede a comportarse así conmigo, que fui quien puso el dinero!’. 

Ese era el principal descontento de Felipe. 

Si hubiera negociado con honestidad diciendo: ‘En realidad tengo un hijo bastardo, les ruego que me permitan inscribirlo en mi registro familiar’, no habría habido problema; pero al intentar ocultarlo todo para obtener el máximo beneficio, acabó dejando espacio para que Ludovico y De Mare maniobraran en su contra. 

— “Los logros alcanzados por el príncipe Alfonso en la Tierra Santa son incomparables con los de cualquier otro. El propio Justiniano VIII elogia a diario los descollantes méritos bélicos del príncipe.” 

Era precisamente en este punto donde el Reino de Etrusco podía erguir la cabeza con relativa altivez ante la Santa Sede. 

En la actualidad, el Reino de Etrusco era el único estado de las naciones principales del continente central, a excepción de Gálico, con capacidad militar para desplegar tropas. Por azares del destino, al haber caído los demás, se habían convertido en una potencia militar.

Sin embargo, en la guerra anterior, tras haber enviado al frente a su único heredero y verdadero héroe de la contienda, no habían obtenido apenas recompensa. 

Si la Santa Sede deseaba solicitar nuevamente al Reino de Etrusco el envío de tropas, esta vez tendría que prometer un beneficio considerable, compensando incluso lo que no le otorgó en la ocasión anterior. Deberían concederle al menos el dominio sobre la Tierra Santa, la milenaria capital. 

No obstante, el Reino de Yesak bajo Ulrich I, aunque parecía a punto de derrumbarse, se mantenía a duras penas. Así pues, la Santa Sede no tenía nada que ofrecer aún a Etrusco. 

Además, respecto al propio príncipe Alfonso, proponerle encabezar un ejército hacia el norte por segunda vez era una oferta inaceptable. 

El Rey León III, ante las continuas alabanzas al príncipe Alfonso por parte del legado de Trevero, soltó una risotada exageradamente sonora: 

— “¡Jajajajaja! Es cierto que mi hijo posee cierto talento para la milicia. ¡Es como ver a mi propia persona cuando era joven!” 

El Rey León III no contaba con ninguna experiencia bélica digna de mención. Sin embargo, monseñor Fernando asintió y sonrió ampliamente. 

Aquel era el dulce sabor del poder. 

— “¡Además, es un hijo piadoso! ¡Escucha todo cuanto le ordena este padre!” 

Aquello era una absoluta mentira. Alfonso se había negado rotundamente incluso a acompañarlo en su gira de inspección por Taranto. 

Sin embargo, esto no era más que el lastimero intento del Rey León III por dominar los abrasadores celos que sentía. El señor Delpianosa, acostumbrado a que el Rey León III dijera una cosa y la contraria, se limitó a sonreír desestimando la falsedad. 

— “Oh, he oído que el príncipe Alfonso cuenta con una orden de caballeros que le rinde lealtad absoluta.” 

— “¡Ja, ja, ja! Es como si fuera mía.”

El Rey León III se vanaglorió. 

— “¡Desde la antigüedad se ha dicho que gobernar al general es la forma más eficaz de gobernarlo todo! ¡Y cuánto más tratándose de una orden capitaneada por mi propio hijo! ¡Qué tranquilidad da!”

El anciano monarca del Reino de Etrusco recuperó el buen humor soltando faroles sin fundamento. Su autoestima, que se había encogido tras ver a Octavio y suplicar a Isabella, volvió a hincharse como un globo. Sentía que era capaz de todo. 

— “¡Qué afortunado es! Sin duda es un monarca protegido por el Dios Celestial.”

— “¡Jajajajaja!”

El sacerdote Cecilio, comprendiendo la postura de su superior, terció a regañadientes: 

— “Precisamente, el príncipe Alfonso mencionó que para realizar el envío de tropas necesitaría la autorización de Su Majestad el Rey.”

— “¿Ah, sí?” 

El Rey León III abrió los ojos de par en par. Aquello sirvió una vez más como leña para alimentar su errónea sensación de omnipotencia. 

— “¿Alfonso dijo eso?”

Tras formular esa repregunta, el Rey León III comprendió al instante que había cometido un resbalón verbal. Si hablaba así, ¿no sonaba como alguien que no estaba seguro de que su hijo le obedeciera? 

— “¡Hmm! ¡Hmm! Por supuesto. Es un buen hijo. ¡Un modelo inigualable de filialidad!”

Sin embargo, el sacerdote Cecilio puso el dedo en la llaga sin darse cuenta: 

— “¿Por qué motivo se quedó el príncipe en el norte?” 

Ante la abrumadora pregunta, el Rey León III empezó a desvariar involuntariamente: 

— “Bueno, es que a la esposa de ese muchacho le gusta el frío... Bueno, en realidad no es su esposa...” 

En ese preciso instante, una vil idea cruzó como un relámpago por la mente del Rey León III. 

— ‘¡Resulta que la Santa Sede sí tiene algo que ofrecerme!’. 

El Rey León III entrecerró los ojos y miró a monseñor Fernando. 

— “Monseñor. ¿Acaso el matrimonio sacro no está bajo la jurisdicción de la Santa Sede?” 

— “Así es. El nacimiento, la muerte y el matrimonio son competencia exclusiva de la Santa Sede.”

— “En ese caso...”


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