Episodio 577
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Novela
Hermana, en esta vida yo soy la reina.
Episodio 577: Todo el esfuerzo hasta ahora
— “¡Vaya, niña!”
La anciana mora soltó una
risita amarga
— “¡Qué codiciosa eres!”
La anciana le acarició la
coronilla a Ariadne. Ella se sobresaltó ante el contacto inesperado, pero no se
apartó. El gesto de la anciana transmitía afecto y, al mismo tiempo, orgullo.
Ariadne era la regresora
que, entre todos los casos registrados, había provocado los cambios más
drásticos en casi doscientos años.
— “Mira tu brazo.”
Ante las palabras de la
anciana, Ariadne levantó la mano izquierda. Llevaba puestos guantes largos de
cuero que le llegaban hasta los codos.
Sin embargo, las manchas
rojas, invisibles para cualquiera salvo para ellas dos, cubrían densamente su
piel y se extendían más allá de donde cubría el guante.
Era la apariencia de sí
misma que Ariadne aborrecía con toda su alma.
— “Ahí está la prueba del
cambio que has traído.”
— “Esto... no es más que
el registro del karma que cometí.”
La razón por la que Ariadne
odiaba estas manchas rojas no era simplemente porque fueran feas. Eran el
registro de las malas acciones que había cometido: las personas a las que había
matado o a las que les había infligido un sufrimiento equivalente.
Y, entre ellas, personas
que, al menos en esta vida, no merecían morir.
Antes de dormirse, solía
quedarse mirando su brazo, sumida en sus pensamientos: ‘¿Qué destino me aguarda
para pagar todos estos pecados?’.
Ni siquiera el calor de
Alfonso, que dormía plácidamente a su lado, lograba aliviar la desolación que
sentía en esos momentos.
La anciana le dijo con voz
afectuosa:
— “Te he estado observando
durante mucho tiempo. Nada de lo que hiciste fue en vano.”
La joven que la anciana
conocía nunca actuó por puro egoísmo, ni por simple malicia, ni corrió cegada
por el ansia de poder.
— “Soportaste todo esto
para traer un buen cambio al Reino de Etrusco.”
Ariadne dejó escapar una
ligera risa irónica. No lo había hecho a sabiendas.
— “No sabía que terminaría
así. Y tampoco es que me haya convertido precisamente en la heroína que salvó
al reino.”
No sentía haber salvado al
país, ni la gente la trataba como a una heroína salvadora.
Ariadne solo había perdido
temporalmente el centro de atención debido a la fulgurante aparición de Isabella,
la favorita. En cualquier momento, corría el riesgo de convertirse en un hueso
masticado y escupido en San Carlo.
— “Las alabanzas de la
gente de la calle no significan nada para mí.”
Había quienes la veneraban
por asuntos ajenos a lo importante, llamándola santa, madre de los pobres o una
plebeya que se había hecho a sí misma, pero no tenía sentido.
— “No soy la santa que
ellos creen. Y si Su Majestad el Rey fallece y el príncipe sube al trono, ellos
cambiarán de parecer como si nada y me criticarán.”
Ya lo había sufrido hasta
el cansancio en su vida anterior. Ahora Ariadne lo sabía.
La razón por la que en
aquel entonces ella era la oveja negra de la alta sociedad no era porque fuera
la hija ilegitima de un clérigo, ni por carecer de elegancia, ni porque no
fuera tan hermosa como su hermana.
Fue porque había un gran
descontento en todos los sectores por el poder que ostentaba el príncipe
regente César, y ella era el blanco más fácil de morder del bando de César.
En este momento, Ariadne
arriesgaba su cuerpo y su alma para salvar al Reino de Etrusco del inevitable
final trágico que le aguardaba.
— “Ni siquiera la gente
que me alaba sabe lo que he sacrificado ni por qué estoy luchando.”
Había entregado su brazo
como ofrenda de sacrificio, y nadie conocía sus esfuerzos.
— “Así es. Por eso me
atrevo a decirte que eres grandiosa.”
La anciana mora acarició
el brazo rojo de Ariadne.
— “Un verdadero
sacrificio.”
Ante un elogio que no
sabía cómo recibir, Ariadne se quedó paralizada mientras le ofrecía el brazo.
La anciana continuó hablando con absoluta serenidad:
— “Jesucristo en el que
ustedes creen recibe muchas alabanzas, ¿verdad?”
— “...Porque salvó a la
humanidad sacrificando su propia vida.”
— “A mis ojos, eso no
parece un sacrificio.”
La anciana caminó
lentamente dentro de la barrera. Aunque el tiempo era limitado, sus pasos eran
infinitamente pausados.
— “Solo cambió su vida por
gloria.”
— “Trata a Jesús, el hijo
del Dios Celestial, como si fuera una persona común y corriente.”
— “Bueno, al fin y al cabo,
soy una extranjera. Para mí, no es más que una figura histórica.”
Giró la cabeza bruscamente
y miró a Ariadne.
— “Pequeña. Por eso me
siento tan orgullosa de ti.”
Ariadne nunca en su vida
había escuchado palabras semejantes. Sin saber cómo reaccionar, se quedó allí
parada, rígida.
— “Mi niña. Qué niña tan
admirable eres.”
La anciana envolvió las
mejillas de Ariadne con ambas manos. Las manos arrugadas de la anciana eran
cálidas.
Una vida sacrificada por
una gran causa sin que nadie se lo reconociera. Una vida que permanecía siempre
en las sombras, incapaz de revelar a nadie lo que había hecho.
La anciana le susurró en
voz baja:
— “Para haber regresado
sin saber nada, lo has hecho bastante bien, mi niña.”
Sin darse cuenta, las
lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Ariadne. Esta fue su primera
reacción ante el primer elogio genuino que recibía en su vida.
La anciana continuó
murmurándole a Ariadne con voz suave:
— “Sé lo mucho que te
esfuerzas, sé que no tienes segundas intenciones y sé que estás llena de buena
voluntad.”
La anciana, de pequeña
estatura, rodeó a Ariadne con los brazos y la abrazó.
— “Aunque nadie más lo
sepa, yo lo sé.”
Ante esas palabras, los
sollozos estallaron como un torrente. Ariadne se inclinó, apoyó el rostro en el
hombro de la anciana y lloró desconsoladamente.
Entre sus sollozos, se
escuchaba de vez en cuando el suave palmeo de la anciana en la espalda de Ariadne.
— “Si los ‘Despiertos’
intentan castigarte con este karma, blandiré mi bastón y los golpearé, así que
no tengas miedo.”
Ariadne dijo entre
lágrimas y mocos:
— “Abuela... snif... si
hace eso va a salir lastimada. Si ya es una viejita encorvada.”
La anciana mora sonrió.
Era una sonrisa suave, pero que solo una fiera podía esbozar.
— “Aun así, esta vieja
jamás ha perdido una batalla.”
Era cierto que no podía
someter a los Despiertos. Eso era algo imposible para un mortal atado al ciclo
de la reencarnación.
Sin embargo, era
prácticamente un hecho que esta chamana Salman era la más fuerte entre todos
los practicantes de la hechicería. Desde que era una jovencita y no una
anciana, jamás había conocido la derrota.
— “Has cambiado el rumbo
de la vida de las personas. Cambiar el rumbo es algo enorme.”
Aunque solo te desvíes un
grado del punto de partida, si corres 100 pedi desde ahí, el punto al que
llegues estará tremendamente alejado de tu posición original.
La anciana desplegó los
diez dedos en el aire, trazando una red de araña imaginaria.
— “El mundo está repleto
de causa y efecto. Lo que tiene que suceder, sucederá.”
El rostro de Ariadne se
ensombreció. El asesinato de la reina Margarita, la muerte prematura de
Arabella... Quería evitarlo todo. Había confiado en que podría evitarlo.
— “Entonces... ¿es
imposible?”
¿Era imposible alterar de
raíz el futuro?
Sin embargo, la anciana
respondió a la pregunta de Ariadne con un dilema zen.
— “¿Sabes cómo será la
cosecha de este año?”
Ariadne respondió con
seriedad:
— “Sí.”
Ariadne no se molestó en
decir en qué se diferenciaría el clima de este año con respecto a un año
normal, ni qué cultivos tendrían abundancia o escasez.
Tampoco la anciana
preguntó.
Si hubiese sido el
representante Vitelli, habría preguntado arriesgando la vida. Las cosas que
cada persona consideraba importantes variaban muchísimo.
En su lugar, la anciana
hizo la siguiente pregunta:
— “¿Puedes cambiar eso?”
— “...No.”
Por mucho que ella
conociera el futuro, no podía hacer nada contra las lluvias torrenciales, el
granizo o las sequías. Mucho menos a nivel nacional o continental.
— “Es lo mismo. Hay cosas
que el poder humano puede cambiar y cosas que no.”
La respuesta no era que
fuera absolutamente imposible de cambiar, sino casi imposible, pero entrar en
detalles tan minuciosos tomaría demasiado tiempo en este momento.
— “Aunque para nosotras
sea imposible de comprender, parece que el hecho de que la prometida del gran
duque pierda un dedo también es parte de esa causa y efecto intocable.”
Las pestañas de Ariadne
temblaron levemente. Sin duda, era miedo. La anciana mora ladeó la cabeza y
dijo:
— “¿Por qué te preocupas?
Deberías alegrarte. Que esa joven dama extranjera haya perdido el anular de la
mano izquierda es, por el contrario, algo bueno.”
— “¿Qué?”
— “Que le haya ocurrido
eso a ella significa, en otras palabras, que tú te libraste.”
El rostro de Ariadne se
contrajo.
— “...Abuela.”
La anciana mora volvió a
abrazar con fuerza a su joven amiga. Ariadne se dejó abrazar sin resistencia.
Sin embargo, murmuró con voz aún temblorosa:
— “La señorita Manchike no
cometió ningún pecado para que le cortaran un dedo.”
Inconscientemente, miró su
brazo izquierdo. Había tantas manchas rojas que ya ni siquiera estaba segura de
si habían aumentado.
Aunque no pudo confirmar
si habían brotado nuevas manchas rojas, Ariadne lo creía firmemente:
— ‘Le traspasé a ella lo
que me iba a pasar a mí’.
— “Ari.”
La anciana apartó un poco
a Ariadne y la miró fijamente a los ojos.
— “En tu vida anterior,
¿cometiste algún pecado por el que merecieras que te cortaran un dedo?”
Ariadne se quedó sin
palabras. Había matado a Alfonso, había purgado a las fuerzas restantes del
príncipe, y había colocado en el trono del Reino de Etrusco a alguien que no
tenía legitimidad, capacidad ni carácter.
Sin embargo, había una
contradicción indescriptible en decir que un dedo era el precio pagado por
aquello.
Un solo dedo era demasiado
insignificante en comparación con la vida de incontables personas, y ella
tampoco le había entregado el dedo al príncipe.
Eso fue simplemente algo
que César le cortó... no, dado que no podía estar segura de que él lo hubiera
cortado, fue un sacrificio hecho por César.
Ella no había cometido
ningún pecado hacia César como para que le cortara un dedo. Al menos, eso era
lo que ella pensaba.
Viendo la expresión
conmocionada de Ariadne, la anciana la aconsejó:
— “Sé un poco más
indulgente contigo misma.”
Ser estricto con los demás
e indulgente con uno mismo es prueba de una persona lamentable, pero ser
excesivamente indulgente con los demás y estricto con uno mismo tampoco era
bueno. Eso carcome la energía vital y frena la capacidad de desplegar el propio
potencial.
— “No tienes que cargarlo
todo sola ni culparte de todo.”
La anciana volvió a
abrazar a Ariadne y le acarició el cabello.
— “En lugar de mirar tu
brazo y pensar: ‘Me salieron manchas rojas porque hice algo malo’, piensa: ‘La
abuela es tan inútil que ni siquiera puede curarme una cicatriz por completo’.”
Ariadne sonrió un poco.
Solo entonces la anciana mostró una sonrisa en su rostro.
— “Y confía un poco en la
regla de oro.”
— “¿Sí?”
La sonrisa de la anciana
se convirtió en una sonrisa pícara.
— “Su ley de causa y
efecto es sumamente minuciosa, por lo que no crea víctimas puras e inocentes.”
Eso significaba que la
señorita Yulia Helena no había sido atacada injustamente, o que en el futuro no
se quedaría sin hacer nada sufriendo injusticias.
— “Espera un poco. ¡Parece
que no era algo que pudieras cambiar tú sola!”
Y había otra cosa que Ariadne
no podía cambiar por sí sola, además del clima y el dedo cortado: la huelga de
pago de impuestos de los señores feudales.



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