Episodio 575
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Novela
Hermana, en esta vida yo soy la reina.
Episodio 575: El marido de Isabella.
— “¿Qué hace aquí ahora
mismo, conde Contarini?”
Era una voz afilada que lo
trataba como a un absoluto desconocido. Por el tono, habría parecido la voz de
alguna de las dos nuevas amigas de Isabella, pero en realidad era una pregunta
formulada por la mismísima Isabella.
Octavio, de aspecto
andrajoso, respondió con socarronería impostada, como si ya hubiera anticipado
semejante trato frío.
— “Vamos, Isabella. ¿Es
que ni siquiera puedo venir a ver a mi propia esposa?”
La anciana marquesa de
Montefeltro y la condesa de Balzo se intercambiaron miradas de soslayo.
Se morían de curiosidad
por saber qué tipo de conversación mantendrían esos dos, si aún albergaban
algún remordimiento o qué pasaría a partir de ahora, pero eran damas veteranas.
No pensaban arriesgar la
cabeza metiéndose donde no las llamaban para satisfacer una mera curiosidad y
terminar alcanzadas por una bala perdida.
Enredarse en los pleitos
amorosos en los que estaba implicado el Rey podía costarles una muerte apacible
por causas naturales.
Ambas aristócratas
preferían conservar el cuerpo intacto y morir tranquilamente en sus camas. Así
pues, tras cruzarse una rápida mirada, se alejaron a toda prisa sin si quiera
despedirse.
Octavio, con un rostro
visiblemente más envejecido, volvió a insinuarse a Isabella.
— “Tú, en cambio, pareces
incluso más joven.”
La respuesta adecuada para
alguien con tacto social habría sido devolver el cumplido sobre el aspecto.
Sin embargo, al margen del
rencor que le guardaba, ver el lamentable aspecto de Octavio con la piel
manchada por el sol y profundas patas de gallo surcándole los ojos le impidió a
Isabella dedicarle semejante adulación.
— “A ti, en cambio, los
años te han pasado una factura implacable. Apártate, Octavio.”
Cuando Isabella intentó
esquivarlo, Octavio se desplazó de lado a toda prisa como un cangrejo,
cortándole el paso.
— “Hablemos un momento,
madre de Giovanna.”
— “Ni se te ocurra
pronunciar ese nombre en mi presencia.”
Un destello gélido cruzó
la mirada de Isabella.
— “¡Ay! Vamos, Isabella…”
Octavio le lanzó una
mirada coqueta y vacía de sentido, intentando evocar el romanticismo de cuando
Isabella estaba confinada en el convento.
— “Hubo un tiempo en que
nos amamos, y el hecho de que tengamos a Giovanna es algo que nada puede
cambiar. Aunque ya no seamos pareja, al tener una hija en común, el papel de
padres es algo inevitable…”
— “¿Me hablas de
paternidad cuando para mí parece que fue ayer cuando proponías matar a la madre
de tu propia hija?”
Si Isabella tuviera una
lista negra con nombres para mandar a ajustar cuentas, Octavio figuraría sin
duda entre los cinco primeros.
Al verle la cara, le vino
a la memoria la humillación sufrida sobre las tablas del suelo de la casa del
conde Bartolini, así como todo lo que tuvo que llegar a hacer para escapar de
aquella crisis.
Todo había sido porque
aquel imbécil malagradecido e inútil de Octavio había sido incapaz de
protegerla. Isabella apretó los dientes con furia y le espetó:
— “¿De modo que romper el
vínculo matándome te parecía bien, pero romperlo vivos no?”
Sin embargo, Octavio
acudía hoy allí con la firme misión familiar de sacarle dinero a una mujer que
lo detestaba profundamente.
— “¡Ah! ¡¿Hasta cuándo vas
a seguir echándome en cara el pasado?!”
Al quedarse sin
argumentos, estalló fastidiado.
— “¡Como era de esperar!”
Isabella contempló a Octavio
como si mirase a un insecto repugnante revoloteando; un bicho de infinitas
patas. Era una mirada motivada más por el asco que por la ira.
Octavio abordó finalmente
el asunto principal.
— “¡El viejo conde
Bartolini no deja de exigirme que le devuelva los cuatro mil ducados!”
Clemente le había pedido
prestados cuatro mil ducados a Rubina para cubrir el dinero que Octavio debía
devolver a la familia de su prometida, la casa del barón Castiglione.
Como en aquel entonces
ella era la señora de la casa Bartolini, aquello constituía una deuda de la
condesa Bartolini.
Sin embargo, el viejo
conde Bartolini, en lugar de permitir que Clemente regresara sana y salva con
su familia paterna, impuso la condición de que dicho dinero debía ser
reembolsado por la casa condal de Contarini.
Octavio malvendió todo lo
que poseía para reunir la suma, pero no fue suficiente. Para empezar, ni
siquiera pudo poner un pie en la mansión de la capital antes de que se la
arrebataran.
A cambio de la deuda de
doce mil ducados contraída por la devolución de la dote de Camelia, el
monasterio de Aberluce se había quedado por completo con la gran mansión de la
familia Contarini en la capital.
Octavio fue desahuciado de
la mansión donde se había criado. Años atrás, al marchar al territorio del
oeste masticando su propia rabia, vendió los mil doscientos ducados en efectivo
que le quedaban, las reliquias familiares de la mansión, los recuerdos de su
madre e incluso el gato del patio; aun así, le seguían faltando mil setecientos
ducados.
Por si fuera poco, los
gastos diarios no cesaban. El feudo de Contarini estaba ubicado en la árida
región occidental. Con las malas cosechas que producía, apenas les alcanzaba
para cubrir el coste de vida y los intereses, mucho menos para amortizar el capital
de mil setecientos ducados.
En medio de todo esto, el
Rey no dejaba de subir los impuestos en la capital de manera desorbitada. Al
ver que ahora corría el riesgo de que le incautaran hasta las ovejas que
criaba, Octavio estaba al borde de la locura.
— “¡No tengo dinero ni
para comprar las gachas de maíz que come tu hija!”
— “¿Es que ya no toma
leche de la nodriza?”
— “¡¿Pero tú sabes cuántos
meses tiene Giovanna ahora mismo?!”
Isabella frunció el ceño.
Sabía los meses que tenía. Bueno, en realidad no sabía el número exacto de
meses, pero recordaba la fecha de nacimiento, así que bastaba con contar con
los dedos.
Pero ¿acaso le importaba a
ella lo que comiera un bebé de pocos meses?
— “Cariño, por los viejos
tiempos, te lo pido por favor. Ruégale a la gran duquesa viuda Rubina que nos
condone esos cuatro mil ducados, ¿sí? Y si me los puedes dar en efectivo a mí,
mejor que mejor.”
Isabella se quedó atónita
ante semejante estupidez. Rubina era del tipo de persona que, si Isabella le
hacía una petición así, le exigiría el doble cobrando hasta los intereses
aplicados por los banqueros lemosines.
— “Escúchame bien,
'ca-ri-ño'. Por los viejos tiempos, te voy a dar un consejo.”
Isabella imitó su tono
burlón.
— “Lárgate de aquí
inmediatamente.”
Aquello era una
advertencia sincera. El estado de ánimo del Rey León III presagiaba tormenta.
Todavía no había podido
consumar la noche de bodas con Isabella. Si por ella fuera, aplazaría ese
momento indefinidamente, incluso hasta después de que el Rey muriera de viejo.
Sin embargo, hasta ella
empezaba a presentir que la hora se aproximaba, pues la ira del Monarca se
volvía cada vez más difícil de contener.
Con un ápice de verdadera
preocupación, le advirtió:
— “Como Su Majestad el Rey
te vea, no me quiero ni imaginar lo que será capaz de hacer contigo.”
Pero Octavio alzó la voz
obstinado:
— “¡Para el caso es lo
mismo morirme de hambre si vuelvo que hacer que el verdugo de Su Majestad me
corte la cabeza!”
En realidad, más que morir
de hambre, lo más probable era que lo mataran los usureros contratados por la
familia Bartolini, pero no quería mostrarse tan hundido ante su exesposa. En
cuanto a por qué le parecía aceptable morir de hambre, ya lo pensaría más
adelante.
— “¡Si no me ayudas a
liquidar esa deuda, estamos todos muertos!”
El ambiente a sus espaldas
comenzaba a volverse ruidoso. Bárbara, que había estado observando la escena
desde atrás, se acercó finalmente y le susurró a Isabella:
— “Mi señora, creo que
deberíamos irnos.”
La gente comenzaba a salir
de la gran misa. A este paso, quedarían atrapados en medio de la muchedumbre y
se convertirían en el centro de las murmuraciones. Si no lograban salir a
tiempo, la situación se complicaría demasiado.
Octavio intentó sujetar a
Isabella para seguir replicando, pero esta vez Agosto dio un paso al frente y
lo empujó con brusquedad.
Octavio tambaleó como una
caña seca, retrocediendo cuatro o cinco pasos. Al instante, clavó una mirada
furiosa en el guardia.
— “¡Pedazo de esclavo
podrido!”
Agosto ni se molestó en
responder a semejante provocación absurda.
¡Sching!
En su lugar, desenvainó a
medias la espada que siempre llevaba consigo. Mientras Octavio palidecía del
susto, Isabella exclamó:
— “¡Suficiente!”
El murmullo de los fieles
que salían de la misa resonaba cada vez más cerca. No tenía ningún interés en
exhibir ante el pueblo llano de Taranto cómo su fornido siervo moro
descuartizaba a su exmarido. Isabella hizo un gesto con la barbilla hacia
Agosto y Bárbara.
— “Vámonos. Es un
desperdicio gastar filo en semejante alimaña.”
— “¡Cariño!”
Incapaz de dejar marchar a
Isabella, Octavio la llamó a grandes voces. Isabella ignoró por completo a
quien era su marido sobre el papel pero su exesposo en la práctica, y aceleró
el paso.
Al ver esto, Octavio
comenzó a gritar a pleno pulmón:
— “¡Socorro! ¡Mi mujer me
ha pedido dinero prestado y no me lo devuelve!”
Las personas que salían
del templo empezaron a cuchichear.
— “¿Qué le pasa a ese?”
— “Ni idea, parece un campesino cubierto de
mugre.”
La mandíbula de Octavio
tembló de indignación. ‘La alta sociedad es tan cruel... Pensar que ya me han
olvidado.’ Pero si no lo sabían, ya se encargaría él de hacérselo saber. Alzó
la voz al máximo:
— “¡Soy el esposo de la
condesa Contarini! ¡Mi mujer se llevó el dinero de casa y no lo devuelve, y
nuestra hija se está muriendo de hambre!”
Los murmullos de la
multitud se intensificaron y la ola de comentarios llegó hasta las filas
traseras. Isabella, que ya se alejaba, apretó los dientes, se giró y fulminó a Octavio
con la mirada.
Octavio le gritó a pleno
pulmón a su exesposa, que se distanciaba:
— “¡¿Lo ves, Isabella?!
¡Esta vez me limito a esto, pero la próxima no sé de qué seré capaz!”
Bárbara apremió a
Isabella:
— “Mi señora, debemos
salir de aquí de inmediato. Si nos rodean, será un desastre.”
Acompañando sus
apresurados pasos de huida, la voz de su exmarido resonó como un eco a sus
espaldas:
— “¡Iré a buscarte muy
pronto! ¡Espero que para entonces tengas una respuesta satisfactoria, ca-ri-ño!”
****
Los habitantes de Taranto
no tenían tiempo para aburrirse gracias a los constantes chismes que estallaban
en la ciudad. Lo mismo les ocurría a Julia, de la casa marquesal de Valdesar, y
a Cornelia, de la casa condal de Rinaldi, ambas amigas de Ariadne.
— “¡¿Te has enterado de lo
de Octavio?!”
— “Yo estaba presente en
la gran misa ese día.”
— “¡¿Lo viste?!”
Aunque no eran íntimas de Octavio
de la casa condal de Contarini, lo conocían de cerca desde la infancia.
Eran el tipo de conocidas
perfectas para cotillear sobre la vida ajena sin el menor remordimiento.
Conocían a Octavio muy bien: no solo los entresijos de la ruptura de su
compromiso con Camelia, sino también las fechorías, tonterías y estupideces que
cometía desde pequeño.
Si hubiera sido un
desconocido completo, tal vez le habrían tenido algo de lástima. Julia suspiró
lamentándose:
— “¡Me he perdido
semejante espectáculo! Mi hermano me ordenó que no saliera y que me quedara en
casa, así que toda la familia está guardando perfil bajo. ¡Ese hermano mío no
sirve para nada en esta vida, para nada!”
Cornelia intentó
consolarla:
— “Bueno, yo lo vi al
salir y ni siquiera lo reconocí. Solo me enteré después de escuchar los
rumores. Al principio pensé que era simplemente un plebeyo raro gritando.”
Julia se cubrió la boca
con las manos.
— “Cielos, ¿tan mal estaba?”
— “Sí, tenía la cara
completamente roja de tanto quemarse al sol y el tono de piel le había cambiado
por completo. Le han salido arrugas por todas partes y parecía un viejo
cualquiera. Incluso mi hermana Bedelia no reconoció a Octavio a simple vista.”
— “Y mira que ella es
observadora. Si ni siquiera Bedelia pudo reconocerlo... ¡Ah, con más razón
debería haberlo visto con mis propios ojos!”
— “Tenemos que escribir
una carta contándoselo a Ariadne, y por supuesto también a Camelia.”
Julia declaró con
vehemencia:
— “Ahora mismo Taranto es
un hervidero. Si la posición de Isabella peligra por culpa de Octavio, esto se
convierte en un asunto político, ¿no? Tenemos que informarle cuanto antes.”
— “Pero…”
Cornelia mostró una mueca
de duda.
— “¿Qué pasa? ¿Cuál es el
problema?”
Preguntó Julia con actitud
beligerante.



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