Episodio 568
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Novela
Hermana, en esta vida yo soy la reina.
Episodio 568: Comprender la situación más rápido de lo esperado.
— “¡Su Gracia el Duque!”
Exclamó Irene llena de
emoción. Sin embargo, para Bianca, Irene no era importante.
Bianca se repetía para sí
misma:
— ‘¡El segundo al mando en
el reino debe ser el duque de Taranto!’.
Si el señor al que
serviría como mano derecha fuera Alfonso, sería el escenario perfecto, pero
incluso si se tratara del Rey León III, esa posición debía ser suya; no, debía
pertenecer al duque de Taranto.
No podía ceder los
privilegios del almirante del sur, impregnados de historia y tradición, a un Gran
Duque del norte aparecido de la nada.
— ‘¡Apostaré a las
probabilidades!’.
El orgullo de la gente del
sur. Una apuesta de gran envergadura. Esta era la primera decisión política de
Bianca.
****
Pasó un buen rato antes de
que el hombre y la mujer atrapados en la isla descubrieran la quemadura de
ella.
— “¿Qué es... esto? “
Yulia Helena levantó la
mano del lado de la manga que se había incendiado antes. Al escapar de la
tienda envuelta en llamas no se había dado cuenta, y después no sintió dolor,
por lo que no lo supo. Sin embargo... había algo alarmante. No tenía
sensibilidad.
— “Los dedos... no se me
doblan.”
En el dedo anular de su
mano izquierda había una masa negra manchada.
César sintió
instintivamente que algo andaba muy mal. Sin embargo, intentó disiparlo y habló
con una voz deliberadamente alegre:
— “¿No será solo un poco
de hollín? Ven aquí, te lo quitaré.”
Él tomó el cuarto dedo de Yulia
Helena. Su anular estaba negro por fuera y rojo por dentro, exactamente como el
hollín que queda tras quemarse algo. Aunque César lo tomó, Yulia Helena no
gritó.
— “Ves, no duele. Seguro
que es solo algo manchado...”
Pero aquello tan negro era
la piel de la Princesa. Aunque César frotó con suavidad, no se quitó.
La primera y la segunda
falange de la mano izquierda, donde estaba la uña, se habían endurecido
firmemente como el cuero.
— “Oh, Dios mío.”
— “Yulia Helena también
palideció”
— “¿E-Es una quemadura?”
— “Primero debo hacer que
te vea un médico.”
Sin embargo, la situación
era que un falso enfermo se había llevado el barco, dejando atrás a la
verdadera paciente.
— “¿Cómo voy a ver a un
médico?”
Preguntó la Princesa al
borde del llanto
— “¿Llegará un barco a
rescatarnos en una o dos horas...? Sin fuego ni nada, estamos en apuros.”
— “¿Llegaste a este
extremo y aún estás buscando fuego?”
— “No me gusta pasar frío.”
César suspiró, se quitó su
delgada chaqueta y se la entregó a la Princesa. Como estaba hecha a medida, no
podía ponérsela sobre su grueso abrigo de piel de cibelina.
Yulia Helena se quitó el
abrigo con cuidado, se puso despacio la chaqueta de César evitando rozar sus
dedos quemados y volvió a cubrirse con el abrigo por encima.
Mientras ella se ponía la
ropa, César miró al sol para calcular la hora.
Cuando se quedaron solos
en la isla, era temprano por la tarde, apenas poco después de que el sol
alcanzara su punto más alto. Detrás de ellos, los restos de la carpa que se
había quemado y derrumbado en un instante aún humeaban.
La Princesa exclamó de
pronto como si hubiera recordado algo:
— “¡Es cierto, aún quedan
ascuas!”
Como la tienda era
sumamente grande, aunque la tela y los postes del lado oeste quedaron
totalmente destruidos, los otros lados cayeron sobre la arena, sofocando un
poco las llamas. Y en las partes que la arena no había cubierto por completo,
refulgían brasas incandescentes.
— “¡Iré al bosque en el
centro de la isla a juntar algunas ramas! Si encendemos una fogata juntos, al
menos podremos resistir hasta que se ponga el sol...”
— “Princesa.”
César la interrumpió.
— “No es momento de hacer
fogatas. Nosotros... no, tú debes escapar de esta isla antes de que se ponga el
sol.”
— “¿Es por mi mano?”
— ‘No, es porque temo que
te veas obligada a casarte conmigo’.
Mientras César dudaba
sobre cómo disimular lo que pensaba, en ese preciso instante se oyó a lo lejos
el aullido de unos animales.
Era el aullido de una
jauría de docenas de perros. César chasqueó la lengua y dijo:
— “Por muchas razones.”
Se acababa de añadir una
razón más a la larga lista de motivos para regresar rápidamente a tierra firme.
Yulia Helena preguntó con rostro aterrorizado:
— “¿Hay bestias salvajes
en esta isla?”
Si no respondió: ‘¿Acaso
no lo oyes?’, fue únicamente porque la paciencia de César hizo un esfuerzo
sobrehumano. Al escuchar los aullidos de los perros salvajes a lo lejos, César
se tocó la cintura con frustración.
Durante la competencia de
caza al menos llevaba un arco y una espada, pero ahora, debido a la prohibición
del Rey León III de llevar espadas, lo único que tenía encima era una simple
porra que llevaba siempre consigo.
— “Es una jauría de perros
cimarrones. Los criaban en las casas, pero la gente se fue y los perros se
quedaron.”
— “¡Auuu!”
Sonaba más como un lobo
que como un perro. El rostro moreno de Yulia Helena se volvió pálido.
Aprovechando la oportunidad, César propuso:
— “Busquemos un barco.”
— “¿Un barco?”
— “No hace mucho que esta
isla quedó desierta. Debería haber barcos o herramientas que usaban los
antiguos residentes.”
Ante esas palabras, la Princesa
se horrorizó. Fue una reacción casi tan asustada como cuando escuchó a la
jauría por primera vez.
— “¡Incluso si hay un
barco en la isla, seguro será muy pequeño! ¿Quiere que regresemos en un bote de
madera por la misma ruta marítima por la que vinimos en aquel enorme galeón?”
— “Tendremos que ir a ver
qué tipo de barco hay.”
En realidad, aunque
hubiera un navío idéntico al galeón en el que vinieron, dos marineros novatos
no podrían navegarlo. Sin embargo, en este momento César estaba más decidido
que nunca.
— “Sé manejar casi
cualquier tipo de embarcación.”
Los ojos de Yulia Helena
se abrieron de par en par por quinta vez en el día.
— “¿Qué?”
— “Es un pasatiempo. No
preguntes los detalles.”
César era diestro en el
vino, las mujeres y el entretenimiento. Aunque todos se enfocaban únicamente en
la parte del ‘vino y las mujeres’, en realidad su talento brillaba más en los ‘juegos
y entretenimientos’.
En una ocasión se había
puesto de moda en la República de Oporto una carrera de barcos llamada Regatta
Republica. Era un juego de velocidad remando en embarcaciones pequeñas. Este
entretenimiento pronto llegó también a San Carlo y se convirtió en un deporte
habitual en la desembocadura del río Tíber.
A nuestro César le gustaba
ganar carreras, pero detestaba por completo remar. Mientras Ottavio entrenaba
arduamente remando, César discurrió la manera de usar velas latinas para
construir algo similar a una galera hipercompacta.
Al final, por estar
demasiado ocupado jugando a las cartas, no logró convencer a los organizadores
del torneo para que le permitieran participar en la carrera de remos con una
vela, pero sí adquirió la experiencia de desmontar e inspeccionar todo tipo de
pequeñas embarcaciones.
— “¡Pero no podemos volver
a tierra firme a puro remo! ¡Si es un barco que ha estado guardado mucho tiempo
en una isla desierta, las velas ya deben de estar deshechas e inservibles!”
— “¡Maldita sea, Princesa!
¿Por qué demonios solo buscas razones por las que no se puede?”
Ante la voz vehemente de César,
Yulia Helena se calló, sorprendida. Esta era la primera vez que él mostraba sus
verdaderas emociones
— “¿Acaso no quieres salir
de esta isla?”
Yulia Helena no pudo
responder.
— ‘¿Debería irme?’.
Yulia Helena había estado
haciendo cálculos mentales rápidamente tras lesionarse el dedo.
— ‘Si regreso ahora a
tierra firme y veo a un médico, ¿podrá curarse esta quemadura?’.
Ella también había visto
cómo la cicatriz en el rostro de la condesa Contarini sanó por completo. Sin
embargo, eso no pertenecía al campo de la medicina común.
— ‘¡Seguro que anda por
ahí llevándose algo parecido a harina pegado sobre la cicatriz! Además, aun si
la medicina curativa que maneja ese sirviente de origen moro fuera
verdaderamente milagrosa, preferiría morir antes que rogarle ayuda a esa mujer’.
— ‘Si me quedo lisiada de
un dedo, ¿cuáles serán mis opciones restantes...?’.
De pronto, los objetivos
de Yulia Helena y Rubina convergieron en el mismo punto.
En realidad, la Princesa
no era tonta. Tenía una vaga idea de por qué Rubina la había metido a ella y al
gran duque en este lugar.
Simplemente le gustaba
tanto este momento que había dejado de lado su ira contra Rubina para disfrutar
del presente.
— ‘Encender una fogata con
él, cavar en las hojas secas para preparar un lugar donde dormir, atrapar peces
y asarlos...’.
Quería cerrar los ojos por
un momento.
Sin embargo, al ver la
grave herida en su dedo, se dio cuenta de que podría quedarle una cicatriz
permanente. Eso sería un defecto terrible en el mercado matrimonial. De
repente, sintió que le hervía la sangre de rabia contra Rubina por haberla
engañado.
— “Gran duque, ¿ni
siquiera siente lástima por mí?”
Sin embargo, esa ira
estalló hacia el blanco equivocado: César.
— “¿Qué?”
Yulia Helena tenía el
orgullo herido porque César no sentía nada por ella. Además, rondaba en su
cabeza la idea de: ‘¡Por culpa de quién estoy pasando por todo esto!’, y sobre
todo, César estaba justo frente a ella.
— “¡Me refiero a esta
quemadura!”
César se quedó
estupefacto.
— “Princesa. ¿Acaso
olvidaste que casi sufres una quemadura de cuerpo entero exactamente igual a
esa y yo me arrojé para salvarte?”
— “¡Pero...!”
Yulia Helena no quería
decir con sus propias palabras las intenciones ocultas de Rubina. Aunque era
una buena forma para atacar a César, admitirlo volvería su situación demasiado
miserable.
Ella era, ante todo, la
parte favorecida. Como la hermosa princesa de una nación extranjera, había
venido a cautivar al gran duque de una gran potencia. Convertirse en una chica
lastimosa para dar lástima no era lo que deseaba.
En su lugar, sus lágrimas
comenzaron a caer gota a gota. Y eso resultó más impactante que cien palabras.
— “Cielos...”
César inhaló hondo.
— “Princesa, ¿te quedarás
descansando en la playa? Iré a dar una vuelta por el embarcadero y luego al
centro de la isla a ver qué más hay.”
Yulia Helena, que estaba
llorando, saltó como un resorte.
— “¡De ninguna manera!”
Con quien quería estar en
esta isla brevemente romántica era con César, no con una jauría de perros
cimarrones ni con un oleaje interminable.
— “¿Y si la jauría de
perros baja a la playa? ¡¿Y si aparecen piratas?!”
— “Dado que eso parece más
sabroso que tú, Princesa, no creo que debamos preocuparnos mucho por los
perros...”
César señaló con la
barbilla la montaña de comida volcada junto a la entrada de la carpa derrumbada
— “Pero los piratas sin
duda son un problema.”
Yulia Helena se quejó una
vez más:
— “¿No podemos simplemente
quedarnos en la playa? ¡Incluso si encontramos un barco, si quedamos a la
deriva en el mar será un problema aún mayor!”
— “Si quedamos a la
deriva, solo basta con mantenerse a flote en el mar. Estas son aguas costeras.
La gente vendrá a buscarnos de un modo u otro.”
— “No quiero salir. Tengo
miedo. Esperemos juntos en la playa.”
— “Princesa...”
César, sintiéndose agotado
de repente, se presionó el entrecejo e interrumpió sus palabras
— “El barco de rescate no
vendrá hoy.”
César estaba seguro. El
objetivo de su madre era mantenerlos a él y a Yulia Helena atrapados en la isla
durante toda la noche. Por lo tanto, el barco no vendría antes de mañana.
Aunque, por supuesto, a este paso terminarían celebrando un velatorio en lugar
de una noche de bodas.
César volvió a presionarse
con fuerza el palpitar del entrecejo. Estaba claro que esta mujer no tenía ni
la menor idea de la situación en la que se encontraba.
— “Ahora soy tu protector, y te llevaré de regreso a tierra firme antes de que se ponga el sol.”
Él pronunció remarcando
las palabras ‘antes de que se ponga el sol’.
Eran las dos de la tarde;
la ruta que había tomado dos horas en el galeón tomaría el doble en un barco
pequeño, por lo que requería unas cuatro horas.
Si lograban llegar al
puerto hacia las seis o siete de la tarde, estarían al límite. Podría proteger
el honor de la dama y revertir la locura cometida por su madre. Para eso, tenía
que encontrar un barco en el transcurso de una hora.
César tomó la mano derecha
sana de Yulia Helena.
— “No se aceptan
objeciones. Vámonos, a menos que quieras quedarte sola.”



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